Las comparaciones con los hijos forman parte de la vida familiar casi sin darnos cuenta. A veces salen disfrazadas de “inocentes”, otras como comentarios que parecen neutrales… hasta que vemos el efecto en sus ojos.
Existen diferentes tipos de comparaciones. Algunas generan presión y desmotivación. Otras son un motor de crecimiento personal y académico.
Este artículo es tu guía para distinguir unas de otras… y para aplicar solo las que fortalecen el vínculo con tus hijos.
Las comparaciones que dañan: por qué tu hijo las percibe como amenaza
Comparaciones verticales: «Yo a tu edad…»
Nada bueno empieza después de esa frase. Comparar a tu hijo con tus logros (reales o idealizados) es una manera sutil de invalidar su esfuerzo.
Este tipo de comparación sitúa al adulto “arriba” y al niño “abajo”.
El mensaje que recibe tu hijo es devastador:
“No estoy a la altura.”
Desde la neurociencia sabemos que, cuando un niño se siente evaluado o comparado con un estándar idealizado, se activa el sistema de amenaza. Esto reduce:
- la motivación,
- la concentración,
- y la capacidad de aprendizaje.
Si te has descubierto diciendo: «mis notas eran mejores», merece la pena revisar si ese recuerdo es exacto. A menudo idealizamos nuestro pasado y olvidamos las dificultades reales que atravesamos.
Ejercicio breve para evitar comparar tus notas con las de tu hijo
- Revisa tu boletín del curso más difícil.
- Observa qué factores influyeron en esas notas (docentes, cambios personales, ambiente familiar…).
- Compara esa realidad con la que vive hoy tu hijo/a.
Este ejercicio aporta perspectiva y reduce la tendencia a comparar desde la exigencia.
Compararte con familias o niños que “lo hacen mejor”
En neurociencia esto se llama sesgo de superioridad ajena:
vemos lo mejor del otro y lo peor de nosotros.
Es la comparación que más agota a madres y padres: un harakiri emocional silencioso.
Cuando observamos solo los puntos fuertes de otras familias y los contraponemos a nuestros propios retos, la percepción interna es de insuficiencia.
El problema no es la comparación en sí, sino su consecuencia:
- aumenta la autoexigencia,
- genera frustración,
- disminuye la disponibilidad emocional,
- y se filtra inevitablemente en el clima familiar.
Si quieres entender cómo las comparaciones, expectativas y creencias forman parte de la ‘mochila escolar’ de los padres y cómo esto genera conflictos a la hora de los deberes, te recomiendo leer este artículo:
👉 Problemas con los deberes: 5 causas y cómo solucionarlas hoy
Las comparaciones que potencian el crecimiento
Sí existe un tipo de comparación beneficiosa: la comparación interna.
Cuando uno se compara consigo mismo y observa el propio progreso, aparece algo que el cerebro adora: la sensación de avance.
Si estás en un proceso de aprendizaje o transformación, prueba a recordar en qué punto te encontrabas hace un año, seis meses o incluso menos tiempo si estás en un proceso muy transformador.
Este tipo de comparación es un motor de motivación y mejora continua.
Cómo aplicar esta comparación interna a tus hijos

¿Te has preguntado qué nuevas cosas ha aprendido tu hijo o hija en los últimos meses? Reflexiona sobre logros y aprendizajes que, muchas veces, pasan desapercibidos.
Aquí te doy algunos ejemplos:
- Ha aprendido a contar hacia atrás sin equivocarse.
- Se ha aprendido la temida tabla del 8.
- Ha hecho una presentación en clase y la ha defendido con seguridad.
- Es más independiente o ha ganado confianza en sí mismo/a.
- Participa más en clase o se atreve a dar su opinión.
Registra los progresos
Escribe estos logros en un diario o simplemente anótalos en una libreta. Haz un seguimiento constante. Luego, revisa esas notas dentro de seis meses. ¡Te sorprenderás de cómo tu hijo o hija ha crecido y cambiado!
Cómo aplicar la comparación interna a ti mismo/a como madre o padre

Tú también creces como madre o padre. Lo que pasa es que muchos progresos los olvidamos en cuanto los hemos logrado. Los normalizamos. Como si siempre hubieran estado ahí. Para reactivar tu memoria, pregúntate:
- ¿En qué punto estaba yo como madre o padre hace seis meses o un año?
- ¿He cambiado algo en mi forma de escuchar, de guiar o de reaccionar gracias a lo que he aprendido recientemente?
Ejercicio práctico: Toma nota de pequeños logros o cambios. Por ejemplo:
- Antes perdía la paciencia rápidamente. Ahora me tomo un momento para respirar antes de responder.
- Antes no entendía bien las necesidades emocionales de mi hijo, pero ahora puedo reconocerlas y apoyarlas.
Haz un seguimiento y revisa estos avances cada seis meses. Verás que el cambio, aunque a veces parezca lento, es constante.
Conclusión: La clave está en la comparación positiva

Las comparaciones odiosas pueden minar nuestra confianza y la de nuestros hijos. Pero la comparación interna, enfocada en el progreso personal, es una herramienta poderosa para el desarrollo.
Así que la próxima vez que te encuentres diciendo: “A tu edad yo…”, detente. Mira hacia atrás, pero solo para ver cuánto has avanzado y cómo puedes motivar a tu hijo o hija a hacer lo mismo
Recuerda: La verdadera transformación no ocurre al compararnos con otros, sino al observar nuestro propio progreso.
Cada pequeño paso cuenta, y celebrar estos logros es lo que impulsa el cambio duradero.
¡Sigue adelante, observa, anota y celebra cada avance! Dentro de seis meses, cuando mires hacia atrás, descubrirás que tú y tus hijos han recorrido un camino increíble.
¡Empieza hoy mismo a registrar esos pequeños grandes cambios!
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Cada día que te sigues comparando con tu hijo o hija afecta su autoestima. No esperes a que la situación empeore. Con el apoyo adecuado, puedes ayudarle a superar sus dificultades académicas sin comparaciones odiosas.
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