Madre ayudando a su hijo con los deberes en un momento de tensión en casa

Cuando los deberes se convierten en el peor momento del día

Para muchas familias, las tardes de deberes son el peor momento del día.

Cuando la energía está justa y cuando la mochila cae al suelo como si arrastrara algo más que libros. En ese momento, basta una frase —“venga, empezamos con los deberes”— para que notes cómo el ambiente cambia. No siempre hay discusiones, pero sí una tensión que se instala sin pedir permiso y convierte ese rato en el peor momento del día.

Si te reconoces aquí, no es casualidad. Y no, no eres la única.

Madre corrigiendo a su hija mientras hacen los deberes en casa
Cuando ayudar se convierte en presión.

No son solo deberes, es lo que traes contigo

Acompañar los deberes rara vez es un acto neutro. Aunque parezca que estás ayudando con una redacción o un ejercicio de matemáticas, en realidad llegas a ese momento cargada de muchas cosas. Cansancio, sí. Pero sobre todo miedo.

El miedo a las malas notas y a lo que puedan significar más adelante. El miedo a que a tu hijo no le vaya bien en el futuro, a que se quede atrás, a que el sistema no tenga sitio para él. Ese miedo no suele decirse en voz alta, pero está ahí.

Se cuela en la forma en que miras el cuaderno, en la urgencia por terminar, en la dificultad para tolerar un error. No porque seas exigente, sino porque quieres proteger.

Cuando el miedo se transforma en control

En la práctica, este temor suele traducirse en un control constante. Sin darte cuenta, ese temor empieza a tomar forma. Aparece el control constante, las correcciones permanentes, la sensación de que no puedes soltar. Te cuesta permitir que tu hijo entregue los deberes con errores, como si hacerlo fuera una renuncia peligrosa.

Tal vez incluso te descubres vigilando demasiado, revisando cada paso, anticipando consecuencias negativas antes de tiempo. Las frases cambian un poco de una familia a otra, pero dentro de cada casa suelen repetirse siempre las mismas: “así no”, “concéntrate”, “esto ya lo sabes”.

Nada de esto nace de la dureza.
Nace del miedo a que algo importante se pierda si no estás encima.

Lo que en realidad estás intentando proteger

Cuando te colocas en ese lugar de control, no estás pensando solo en los deberes. Estás intentando proteger a tu hijo de quedarse atrás, de no ser “tan bueno como los demás”, de acabar arrinconado en el sistema.

Y al mismo tiempo, intentas protegerte a ti: de la mirada de la pareja, de la familia, de otras madres del colegio con niños aparentemente perfectos que sacan excelentes notas sin esfuerzo visible. Ese contexto pesa. Mucho más de lo que solemos admitir.

Tu hijo lo nota antes de que tú lo digas

Los niños tienen una antena muy fina para captar lo que pasa por dentro de los adultos. Notan tu tensión, tu prisa, tu expectativa, incluso cuando intentas disimularla. Y no se quedan solo con la sensación.

La traducen directamente a la imagen que construyen de sí mismos.

Poco a poco, tu hijo puede empezar a pensar que no es suficientemente bueno. Que aunque se esfuerza, ese esfuerzo no se ve o nunca alcanza. Cuando siente que a todo no llega, su seguridad se resiente.

No es raro que empiece a decir frases como “todo lo hago mal” o que, ante cualquier pregunta, responda automáticamente “no sé”, incluso cuando sí sabe.

En ese punto, el problema ya no son los deberes, sino lo que está aprendiendo sobre sí mismo mientras los hace.

Niña bloqueada frente a los deberes escolares en casa
Cuando el bloqueo aparece, el problema ya no son los deberes.

El momento en que algo se te rompe por dentro

Hay un instante muy concreto en el que muchas madres se dan cuenta de esto. Escuchan esas frases en boca de sus hijos y algo se rompe por dentro.

Lo que suele aparecer entonces es una culpa intensa y paralizante. Una culpa que lleva a justificarse —“yo solo quiero ayudar”, “si no estoy encima, será un desastre”— o que se transforma en tristeza y silencio.

Ese sentimiento de culpa es más común de lo que parece y tiene un impacto profundo en la relación con el aprendizaje.

No es una culpa que empuje al cambio.
Es una culpa que bloquea y pesa.

Muchas madres intentan sostener este momento sin perder los nervios, pero nadie les enseñó a regular sus propias emociones durante los deberes.

No es que estés fallando

Lee esto con calma: lo que ocurre en muchas tardes de deberes no es un fallo tuyo ni de tu hijo. Es el resultado de una combinación de miedo al futuro, presión social, cansancio acumulado y un sistema educativo que no siempre tiene en cuenta el bienestar emocional de las familias.

Por eso, no es un fallo individual, sino el resultado de varios factores que suelen estar detrás del estrés con los deberes en casa.

Entender esto no arregla mágicamente las tardes, pero cambia cómo interpretas la situación y te juzgas a ti y a tu hijo o hija. Te quita parte del peso de encima y te permite respirar un poco más hondo.

Por hoy, quédate con esto

Si los deberes se han convertido en el peor momento del día, no significa que estés haciendo algo mal. Significa que algo necesita ser mirado de otra manera.

No hace falta resolverlo todo ahora.
No hace falta saber qué hacer hoy mismo.

A veces, el primer paso es simplemente dejar de sentir que estás sola y saber que esto que sientes tiene remedio.

Porque no estás sola.
Y con eso, por hoy, ya es suficiente.

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Soy Lucía Uría

coach de aprendizaje

Ayudo a madres y padres a terminar con el estrés generado por los deberes o por el bajo rendimiento escolar de sus hijos.

Me encanta el mestizaje y tomar lo mejor de mis dos países, España y Alemania; de mi experiencia como docente y como madre; de mis estudios universitarios, Derecho y Traducción; y de mis aficiones, yoga, teatro físico y kárate. Soy de mar y de montaña.

Si quieres fortalecer la relación con tu hijo/a, descárgate mi guía: 6 claves para acabar con el drama de los deberes.

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